Abrió la puerta despacio y lo encontró ahí, en su silla del despacho sentado, concentrado en su trabajo. Estaba leyendo las nuevas leyes que iban a entrar en vigor. Mercedes disfrutaba viendo a su padre tomar notas, también ella quería estudiar Derecho y aprobar las oposiciones a Registrador de la Propiedad. Seguramente habían pasado unos diez minutos cuando volvió a cerrar la puerta con la misma suavidad que la había abierto, sabía que a su padre no le gustaba que le molestaran. Francisco era un hombre de pocas palabras y poco dado a ser cariñoso con nadie y era por ello que su hija valoraba las pocas frases en que su padre le había halagado y las pequeñas muestras de cariño que le había mostrado.

Mercedes siempre que salía la conversación comentaba el sueño de seguir los pasos de su padre.

Llegó el año 1952 y el momento de matricularse en la universidad. Mercedes no tenía dudas, Derecho, sin embargo se sorprendió cuando sus padres se negaron. El problema no era que dudaran de su capacidad, sabían que le sobraba, era que una señorita no tenía por qué complicarse la vida, haría Magisterio, carrera más apropiada para ella. No hubo forma de cambiarles de parecer.

Fueron pasando los años, más que disfrutar dando clases, lo que realmente le llenaba era sentir que estaba ahí por una razón; lo que le daba la enseñanza sabía que difícilmente lo hubiera conseguido siendo registradora. En alguna ocasión había tenido en su clase a niños que no conseguían seguir el ritmo de la clase, ya fuera por aburrimiento, falta de una base de conocimientos o por la escasez de motivación. Su labor, hacer que todos consiguieran los objetivos, o superarlos. Se indignaba viendo compañeros que ignoraban a todos lo que no estuvieran en la media, compañeros que deseaban que todos los alumnos fueran parecidos. No entendía esa filosofía, les decía: – ¿Qué satisface más a un médico: que todos sus pacientes estén sanos o tengan pequeños problemas de salud, o por el contrario, conseguir sanar al que sufre o padece? – ¡Se sentía tan plena cuando alcanzaba su objetivo! No siempre lo había conseguido, esas veces sentía impotencia y tristeza.

No estaba muy segura si recordaba a todos sus alumnos, pero sí que a la mayoría los llevaba consigo y de cada uno había aprendido.

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Había tenido algún novio, aunque nunca había tenido la seguridad de pensar que era el amor con el que estar el resto de la vida. No se arrepintió de tomar esa decisión pero sabía que le hubiera gustado tener hijos. Ese sentimiento se acentuó un año en que a su clase llegó un niño nuevo. Juan Antonio era un niño de pelo negro muy liso, ojos grandes, oscuros y brillantes cuya mirada reflejaba una mezcla de melancolía y tristeza más propia de un adulto que de una personas de tan corta edad. Era muy tímido y retraído. Mercedes fue viendo que el niño iba jugando con otros, sin embargo algo en él le hacía pensar que había algún problema. Ese niño le atrapó desde el primer momento, tenía una sensibilidad más desarrollada de lo normal. Una vez que puso música en clase se dio cuenta que Juan Antonio hacía grandes esfuerzos para ocultar las lágrimas que se acumulaban en sus enormes ojos.

No obtenía buenas calificaciones, tenía problemas de atención y le costaba organizar las tareas, no conseguía priorizar. Cuando llegaba a casa, merendaba, intentando alargar ese momento y después se podía pasar horas enteras delante del libro sin memorizar ni una sola palabra que tuviera delante.

Cuando sus padres se conocieron, su madre estaba casada con otro. Él nunca lo conoció. La madre estuvo con los dos durante varios meses hasta que decidió dejar al marido y apostar por la nueva relación. A las pocas semanas de esta decisión, ella se quedó embarazada. Juan siempre dudó de su paternidad y jamás se mostró cariñoso con ese niño que físicamente había heredado casi todo de su madre. Si la madre se hubiera volcado en esa personita indefensa quizá hubiera compensado la falta del cariño paternal, pero se despreocupó limitándose a ser una presencia fría que organizaba la ropa, comidas y otras tareas.

Con paciencia, con sutileza y muchísimo cariño, Mercedes fue consiguiendo que ese niño ganase en seguridad, ¡eso era lo que necesitaba! Era partidaria de premiar los logros y no castigar los errores. Las notas mejoraron. El niño adoraba a su profesora y aunque en otros cursos ya no la tenía como tal, siempre que podía iba a verla.

Fue a la universidad, y ahí es cuando ese muchacho de notas tan mediocres empezó a despuntar. Cuando las notas salieron publicadas no dudó en ir a ver a esa profesora que tanto había hecho por él. Siempre fue consciente de que si no hubiera tenido la suerte de caer en esa clase no hubiera conseguido lo que en esos momentos iba a mostrarle. Siempre carente de cariño había aprendido a refugiarse en la música y en la lectura. En las relaciones que había tenido se daba por completo a su pareja, y el problema solía venir por su forma de mendigar ese cariño que él tanto ansiaba recibir.

Mercedes no llegó a jubilarse, falleció un tiempo antes. La noticia voló rápidamente. Varios alumnos quisieron hacer un último homenaje que perdurase en el tiempo y solicitaron a la familia que les permitiera correr con los gastos de la lápida, pudiendo añadir unas palabras.

 

Mercedes  De la Buenafuente Conesa

Valencia, 4 de julio de 1935

Madrid, 30 de mayo de 1995

Permaneces en la memoria de tus hermanos, sobrinos y… tus niños.