Salvador y Ana se habían conocido hacía 4 años uno de los veranos que ella había ido a casa de sus abuelos. Habían congeniado rápidamente, no es que compartieran las mismas aficiones, más bien todo lo contrario: a él se le daba mal el deporte, aunque de vez en cuando salía a correr, ella en cambio no podía estar más de tres días sin ir a nadar, ir en bicicleta, ir al gimnasio. Salvador podía pasarse horas inmóvil, pensando, sobre todo si estaba rodeado de naturaleza; si podía elegir, Ana prefería pasear por una gran ciudad, y le era muy difícil estar quieta más de quince minutos, pero cuando se ponían a hablar, ¡oh!, las frases iban saliendo solas de uno a otro y desde el primer momento parecía que se hubieran criado bajo los mismos modelos, que se conocían desde hacía años y que compartían infinidad de ideas. Se escuchaban con atención, ninguno hablaba más que el otro. Podían hablar de cualquier tema y aunque no en todos tenían las mismas opiniones,  sabían dialogar de tal forma que desaparecían las pocas barreras que podía haber. Hubo una complicidad y un entendimiento tan grande que no pudieron evitar comentarlo entre ellos, era algo asombroso.

Ana vivía a más de 500 Km. de distancia, Salva en una ciudad cercana, los dos coincidían solo en verano, el resto del año ni se escribían ni se llamaban. Él solía celebrar San Juan en el pueblo, Ana llegaba a principios de julio, saludaba a sus abuelos, ordenaba las cosas que había traído y en cuanto podía se iba a buscarlo.

Ese verano, cuando él la vio se ruborizó, ¡qué guapa estaba!, los recién cumplidos dieciséis le estaban sentado estupendamente. Ana nunca había visto a su amigo mirarle de esa forma, notó que su cara se enrojecía unos segundos. Se acababa de poner entre ellos, por primera vez desde que se habían conocido, un muro, pero él lo rompió de un solo golpe cuando con una abierta sonrisa le dijo que el invierno sí le había sentado bien ese año, que qué había hecho con la niña de años anteriores.

Ese verano se vieron algo menos, él trabajaba por las mañanas en la construcción. La reducción de horas juntos no influyó en la amistad y sinceridad que había entre ellos y siempre que podían quedaban, ya fuera con más amigos o ellos solos.

Salva le contó sus inquietudes. En octubre iba a empezar la universidad, iba a ser el primer universitario de la familia, para él era mucha presión, lo notaba. Iba a estudiar Derecho en otra ciudad, se alojaría en una residencia universitaria, sus padres tenían que hacer un gran esfuerzo económico. Ana todavía no sabía qué estudiar, ¡había tantas cosas que le gustaban! Cómo envidiaba a las personas con una vocación clara. O si hubiera algo que realmente se le diera bien se lanzaría a ello, pero no destacaba en nada.

Las semanas fueron pasando y ella tuvo que volverse a su casa. Ana empezó de nuevo el colegio y descubrió que no pasaba desapercibida por algunos chicos, no solo de su clase, también de cursos superiores. Eso la distrajo algo de los estudios. Empezó a salir algo más, a ir a lugares alejados de su barrio, a coquetear y quedar con algún chico. Por las tardes trabajaba un par de horas en el despacho de un abogado.

En mayo se sorprendió al recibir una carta de Salva, era la primera vez que lo hacía. Se fue a la habitación, se sentó en la cama y se puso a leerla. ¡Él siempre tan alegre y optimista!, la carta empezaba diciendo que disfrutara de los chicos que seguro que la perseguían, pero que no se atara a ninguno, que no valía la pena, que ahora le tocaba disfrutar. ¡Nunca habían hablado de eso! Se sintió agradecida, halagada. Le contaba la buena relación que había entre los estudiantes que se alojaban en la residencia, que entre todos se ayudaban, que las puertas de todas las habitaciones estaban abiertas para que cualquiera pudiera coger lo que necesitara. Añadía que no se estaba tomando en serio los estudios pero que en las próximas semanas se pondría a ello. Ana releyó la carta, le había hecho mucha ilusión recibirla, la metió en el sobre de nuevo y la guardó en el cajón.

Un mes después llamaron por teléfono. Salva había muerto. Fue al entierro. Sentía un inmenso vacío unido a grandes remordimientos. No había sido una buena amiga. Estuvo discreta,  en todo momento estuvo en los últimos lugares, no creía tener derecho a llorar, más cuando veía a esos padres tan desconsolados inmersos en una enorme tristeza y desesperación.

Salva se puso tarde a estudiar, los exámenes estaban a la vuelta de la esquina, tenía que aprobar, sus padres estaban haciendo grandísimos sacrificios para que él pudiera estar ahí, no era solo la universidad , era los gastos que todo ello ocasionaba. Para poder estudiar durante más horas consiguió varias pastillas. La ingesta de ellos, el dormir poco y los remordimientos y la presión, hicieron que se desesperara, que la persona dejara de pensar por sí misma, que actuara bajo los efectos de las drogas (en derecho un atenuante) y una tarde se lanzó por la ventana. Le dio tiempo  a decir varias veces que lo sentía, que no quería hacerlo, que se arrepentía.

Ana cambió por completo su visión del mundo y de sí misma. Se sentía egoísta e inmadura. ¡Si le hubiera escrito!

 

 

Salvador Albadalejo Pérez

Nació el 2 de marzo de 1967

Murió el 18 de junio de 1986

Tus padres, hermanos y abuelos no te olvidaremos