Veinticuatro años. Llevaba casi dos años viviendo en Ceské Budéjovice. Seguro que a más de uno le suena la cerveza Budvar, ¿y si ya digo la Budweiser? Seguramente sois pocos los que no reconozcáis esa marca; pues el origen de las dos cervezas es esta ciudad; está al sur de la República Checa, muy cerquita de Linz, Austria. El relato no es sobre cervezas, aunque se podría hacer un estudio muy amplio sobre ellas, en esa zona, de las mejores que se pueden probar. Aunque no vaya de cervezas espero que os siga interesando.
Hacía algo menos de cuatro meses había tenido mi primer hijo. La sanidad en esa ciudad no era la mejor, y decidimos cambiar de destino. Mi avión salía un sábado de julio, iba acompañada del bebé. Pasamos el día en P

Avión Robert De Bock
  • Facebookhttp://facebook.com/CarmenMaestre
  • https://twitter.com/blog_relatos
raga, nos acompañaba Jaro, un gran amigo que conocimos ahí y con el que volvimos a coincidir en Argentina (siguiente destino) y con el que continuamos en contacto. Quisimos pasar el día en la capital checa para poder despedirnos tranquilamente de esa ciudad que tanto nos había gustado y de la que habíamos sido testigo de multitud de cambios. No hacía mucho había pasado de ser gobernada por un partido comunista apoyado por la Unión Soviética a ser demócrata y dividir su territorio en dos naciones diferentes pacíficamente.
Varias horas antes de la hora prevista de salida del avión llegué al aeropuerto, supongo que fueron dos, pero eso no podría asegurarlo. Embarqué las dos maletas que llevaba. Conmigo viajaba mi bolso, el carrito del bebé y una bolsa con las cosas imprescindibles: un par de pañales, la cremita, un babero, un biberón, y poco más, pues en unas dos horas ya estaría en España y había acordado con mi madre que ella haría el puré de la cena.
Llegó el momento del embarque. Me despedí y recorrí parte del aeropuerto hasta llegar a mi puerta. Me senté a esperar, por megafonía empezaron a dar información, hablaban de retraso. Pregunté, sí, efectivamente, el motivo era que había huelga de controladores en Francia, podéis comprobar que los controladores llevan años reivindicando mejoras. Me comentaron que no sabían cuánto podrían tardar. Intenté salir del aeropuerto sin éxito, no me dejaban retroceder por haber pasado el control de pasaportes. ¡Qué distinta hubiera sido la historia si ya hubiera tenido conmigo un móvil!, ¿tantos años han pasado ya?
El aeropuerto empezaba a llenarse, ya no había lugares para sentarse. Volví a acercarme a un empleado y le pregunté si había algún lugar donde poder estar con el bebé. Me rogó que me esperase un momento y se ausentó. Al rato, yo ya estaba perdiendo las esperanzas, volvió con un policía. ¿Habéis visto películas de 007? Era el prototipo que buscaban los directores para encarnar el papel de hombre frío, duro, alto. Me pidió que le acompañase. No hubo conversación por el camino, raro en mí. Ya no sabía por dónde me llevaba, en situaciones normales me pierdo con facilidad, si voy en coche y doy la vuelta a la manzana ya me he despistado: orientación y visión espacial nulas. Pasamos por un gran número de pasillos, el ruido se tornó silencio. No nos cruzamos con nadie.
Bajamos varias escaleras, me ayudó con el carrito. Ni en ese momento donde se ofreció a ayudarme me generó otro sentimiento que no fuera desconfianza o indolencia. El último tramo daba a un pasillo estrecho. Su color original debió ser blanco. La última vez que habían pintado en esas paredes debía ser todavía una niña, pero se apreciaba que habían pintado más de una vez sobre ellas, así lo delataban varios desconches que pude observar, siempre blanco amarillento. En el techo algunos cables de los que colgaba alguna bombilla de poca intensidad. Muchas puertas también blancas. Llegamos al final del pasillo. Sacó una llave y abrió una de ellas. Con su mirada me indicó que entrara. Obedecí. Me dijo que podía quedarme ahí hasta la salida del vuelo, ya me avisarían. Cerró la puerta tras de sí. Silencio. En una pared una pequeña ventana con barrotes negros. A la derecha una cuna con sábanas limpias, al lado una silla. Silencio. Las paredes acorde con las del pasillo. El pequeño dormía. Silencio. Fueron pasando los minutos, me asomé a la ventana embarrotada, estaba situada a pocos centímetros del suelo de la pista. Iba viendo pasar los coches que llevan las maletas, me distraje viendo cómo las ponían en un avión que estaba cerca. Más minutos. Abrí la puerta y miré por el pasillo, parecía que estaba sola, me resultaba raro que hubiera esas estancias en el aeropuerto. No estaba cómoda. Pasó una hora y el bebé se despertó. Jugué un ratito con él, estaba tranquilo. Se acercaba su hora de comer y, como era habitual en él, pidió su ración. Seguía sin oír ruidos detrás de mi. Más maletas seguían pasando, ¿cuánto debía seguir esperando? Dos horas después, viendo que no bajaba nadie, empecé a pensar que se habrían olvidado de nosotros dos. Decidí recoger y buscar a alguien. Menos mal que por el camino encontré a una persona, no sé si hubiera sabido volver. El vuelo seguía en tierra. Ahora tenía otro problema, si seguía más tiempo por ahí el pequeño volvería a tener hambre, la única solución que se me ocurría era coger de la maleta la leche que había embarcado.
¡Qué pena no haber hecho fotos! Las maletas ya estaban dentro del avión. No me costó que accedieran a mi petición. Subió uno de los encargados de transportarlas y me pidió que la describiera. Negra, Samsonite, con ruedas. No iba a ser tarea fácil así que decidieron que subiera yo. ¿Habéis entrado alguna vez a las bodegas de un avión? Muy ordenadas no estaban. Encontré las mías, no os voy a negar que tardé un rato. Saqué lo que necesitaba, volvieron a subirla y regresé de nuevo a la habitación. El vuelo salió. A Barcelona llegué con casi nueve horas de retraso.
Solo me encontré a personas amables que intentaron hacerme la espera más grata, pero la angustia que sentía por lo desconocido, acompañada del pequeño al que debía proteger, el encontrarme con una persona que no supo transmitirme cordialidad ni amabilidad, el imaginar para qué podrían haber necesitado esas habitaciones en la época de la dictadura, y el silencio que reinaba, es lo que más recuerdo de esas horas que pasé en el aeropuerto.