Bisabuela Consuelo
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Año 1907. Habían pasado 10 años y todavía cuando observaba a Ramón sus pupilas se dilataban, sentía que el estómago se le encogía, los orificios nasales se dilataban, la respiración se le aceleraba y su rostro se sonrojaba ligeramente.

Recordaba la primera vez que lo había visto. Había sido en la merienda que se había celebrado en la casa de unos amigos comunes. Él había llegado un poco tarde. Nada más entrar ella le miró,  contempló a un hombre atractivo, distraído, con el pelo bien cortado, bien vestido pero que parecía no darle importancia a su imagen. Intercambiaron un par de frases, suficientes para que durante varias semanas volviera esa imagen a su mente;  pasados los años todavía recordaba el abrigo y la bufanda que él llevaba ese primer día.

Se volvieron a encontrar ocho meses después. Esta vez todo fue distinto, ella estaba junto a su hermana y unas amigas riéndose, a él le llamó la atención la alegría que desprendía y una timidez que contrastaba  con la seguridad y confianza que transmitía. Aprovechando que conocía a una de las chicas que estaban con Marina se acercó a saludar. Ya no hubo marcha atrás, entre ellos se inició una relación de complicidad, cariño y respeto que les llevó a decidir pasar la vida juntos.

Empezaron a verse asiduamente. Él siempre detallista la miraba con cariño y se sentía dichoso por haber encontrado a una mujer como aquella. Le dolía las veces que por su trabajo tenía que ausentarse de la ciudad.

Ella se sentía feliz y se alegraba al ver que su hermana aceptaba la relación y se llevaban tan bien.

Marina y Consuelo habían nacido en León, a escasos metros de la Catedral. Los padres habían fallecido siendo niñas y distintos familiares se habían repartido a los hermanos huérfanos. Ellas dos se fueron con una hermana de la madre y el marido de ésta a Madrid. Teresa, otra de las hermanas también estaba en Madrid, pero en casa de otros familiares, al resto de los hermanos nunca más les volvieron a ver. Las dos hermanas eran inseparables, cuando empezaron a fijarse en los chicos empezaron a temer que el futuro marido de una de ellas no gustara a la hermana; no tuvieron ese problema.

Decidieron casarse, después de la boda irían a recorrer el sur del país. Durante los meses previos no solo era evidente lo bien que congeniaban, lo bien que se complementaban, cuando se rozaban, se cogían de la mano o se besaban podían notar el deseo que sentía el uno por el otro. Él jamás se planteó sobrepasar el límite que sabía que ella quería cumplir, y no porque no quisiera poder disfrutar de todo su ser, el amor que sentía por ella era tan profundo que nunca quiso ponerle en ese aprieto.

Marina deseaba que llegara el gran día, era el inicio de una vida en común con el hombre al que amaba, al que nada podía ocultar. Desde el primer día Ramón consiguió que Marina fuera capaz de hablarle sin tapujos, con una sinceridad que ni con su propia hermana había conseguido alcanzar. Se arriesgó a que él conociera lo peor de ella y por eso valoraba y agradecía el amor que él le daba. Un día le dijo a Consuelo “es hermoso amar. Saberse amada es maravilloso. Sentir las dos cosas es la felicidad completa”.  Temía la primera relación sexual aunque confiaba en la ternura y paciencia que siempre le había demostrado él. A la vez intentaba imaginar el momento, ese en el que ella podría hacerle notar con todos sus sentidos todo lo que le amaba y deseaba.

Después de la ceremonia y el banquete salieron hacia Andalucía. Ramón se había ido encontrando mal durante todo el día, pero no había querido decir nada para evitar un posible aplazamiento. Emprendieron el viaje, él se iba encontrando cada vez peor hasta tal punto que decidieron parar en un pueblecito de Castilla la Mancha. Se hospedaron en un hostal y solicitaron que llamaran a un médico. Pasadas dos horas el doctor estaba en la habitación. Le recetó varios remedios. La noche la pasaron en blanco, ¡qué distinta se la habían imaginado! Tuvieron que pasar dos semanas hasta que él pudo levantarse de la cama.  Decidieron dejar el viaje para otra ocasión y volver a Madrid.

Nunca llegó el momento que tanto habían soñado: disfunción eréctil seguramente provocada por alguno de los medicamentos que tomó o por la enfermedad que acababa de pasar.  Fue muy duro para ambos, él se sentía culpable por no poder complacerla totalmente, ella por no tener esa forma de demostrarle todo lo que sentía.

No cabe duda que al principio la pena de no poder tener hijos les entristecía, pero  siete años después de la boda, Consuelo había tenido una niña, a la que llamó Marina.

Ahora estaba junto a la cama de su hermana esperando ver nacer a su nueva sobrina. Acabada de entrar de nuevo a la habitación después de informar a su marido y a su cuñado de que todo estaba saliendo según lo previsto. La mirada de Ramón había sido tan sincera, tan amorosa, que ella volvió a sentir lo que llevaba años sintiendo por él. Nada había podido cambiar los sentimientos hacia ese hombre tan entregado, práctico, inteligente, y por qué no decirlo, la edad no había hecho mella en su belleza, más bien al contrario, algunas arrugas que le habían empezado a salir cerca de esos preciosos ojos y en la frente le habían dado un toque mucho más especial, único.

Marina sabía que era afortunada, no se dejó abatir por lo que al principio pareció una gran barrera, un grave problema. No podían demostrarse el amor como la mayoría de las personas podía hacer, pero el amor era tan profundo, tan limpio que en vez de disminuir, aprendieron a quererse y demostrárselo de mil formas distintas.

El matrimonio se volcó en esas dos pequeñas. Pasaban temporadas en Murcia, donde vivía Consuelo desde que se había casado.  El padre de las niñas era serio y severo, y Marina y Ramón compensaban esa educación con toda clase de muestras de afecto.

Cuando la más pequeña se casó, Marina, ya viuda, fue a vivir con ella, siempre la trató como esa hija que nunca tuvo, y con los hijos de su sobrina se comportó como una abuela tierna, cariñosa y comprensiva.

 

D. Ramón Moruja Cay

17 de octubre 1930, a los 62 años

Dña. Marina Suárez García

Falleció el 12 de enero de 1951, a los 76 años