Recuerdo a mi abuela como una mujer estricta y seria. No recuerdo que me dirigiera nunca una frase cariñosa. Siempre la quise y admiré su forma de moverse, de hablar, de comportarse; incluso las pocas veces que estaba en la cocina, su forma de remover la comida denotaban una educación exquisita.
Después de comer se ponía a hacer alguna manualidad: punto, ganchillo… En alguna ocasión me acercaba a ella y le pedía que me enseñara, nunca se negó. Esos momentos los recuerdo con un gran cariño, el problema es que nunca se me han dado bien esas cosas y por mucho empeño que le ponía no conseguía adelantar, es por ello que tuve que dejar de utilizar esa excusa y nunca se me ocurrió ninguna otra.
Los recuerdos más remotos que tengo de ella son con una cámara fotográfica, siempre tenía una cerca. Nunca nos dejaba posar, solo quería recoger momentos cotidianos. Me acostumbré a ello e incluso cuando me sentaba a su lado a intentar aprender punto o cualquier otra cosa, la oía apretar una y otra vez el botón de su cámara. Enfocaba mis manos, mi mirada concentrada, mis dientes apretando el labio inferior…
No sé si fue por hacerse mayor, por ser consciente que el tiempo se acababa o porque empezó a valorarme, nuestra relación fue estrechándose cada vez más.
Vivíamos en distintas ciudades, a una hora en coche. La iba a ver cada dos fines de semana, después más a menudo, aunque las últimas veces me costaba entenderla.
Cuando llegaba a su casa, mis tíos nos dejaban a solas. Aprovechaba para hacerle preguntas y para escucharle, sobre todo para escucharle. Debería haber llevado una grabadora para que todas las historias que me contaba perduraran en el tiempo, ahora que ya no está muchas de esa historias ya no las recuerdo, otras no se las he contado a nadie. Quizá algún día también escriba sobre las que recuerdo. Hoy voy a escribir sobre una de las historias que sin ser consciente estuvo presente todos los días que pasé en casa de mis abuelos.
Mi abuela había nacido en Chester, Reino Unido. Siendo niña llegó a Madrid y aunque hablaba un perfecto castellano, al pronunciar ciertas palabras se descubría su origen.
Algunas de las tardes que iba a verla mirábamos fotografías. Había cajas enteras con fotografías que había hecho a lo largo de los años. Todas las cajas tenían una etiqueta en la que se indicaba el año que se habían realizado. Nunca me había parado a pensar que la casa no tenía ninguna fotografía expuesta. Abrimos muchas cajas, se nos pasaban las horas rapidísimo. Vimos juntas las del verano en que nació mi hermano pequeño. Mi abuela supo congelar la inmensa alegría y emoción que sentí al cogerlo por primera vez, la indignación cuando alguien dijo que iba a tener celos. Fue una excelente fotógrafa, tenía el don de saber cuándo disparar y dónde enfocar.
Un día me atreví a preguntarle de dónde venía esa pasión por la fotografía. No contestó hasta pasados unos largos segundos. Temí haber sobrepasado la línea y que eso significara dar pasos hacia atrás. Me indicó que le acercara una cajita más pequeña que había en el fondo del armario donde estaban todas las demás. Se la acerqué. La puso en sus piernas:

Niña muerta
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– Nunca te he hablado de mi hermana Helen, ¿verdad? Ella tenía tres años menos que yo. Era una niña preciosa. Jugábamos mucho juntas, pocas veces nos enfadábamos, sabíamos compartir y ceder. Un día enfermó y a los cuatro días murió. En esa época no era extraño hacer fotografías a los fallecidos. – Abrí la boca para decir algo, solo se me ocurrió cogerle la mano y acariciársela. Me la soltó con delicadeza para abrir la caja, sacó dos fotografías y me las entregó mientras prosiguió explicándome. – En ésta estamos los cuatro hermanos. Vino un fotógrafo a casa. Nos peinaron y nos arreglamos. Nos hicieron pasar al salón y allí estaba Helen, hacía pocas horas que había muerto. Le habían puesto uno de los vestidos más bonitos que tenía. Se encontraba de pie, pero con los ojos cerrados. Detrás, aprovechando la cortina, un aparato sujetaba su cuerpo. Nos pusimos en orden de altura. – Acerqué la fotografía para poder observarla mejor. No parecía que estuviera muerta. Inconscientemente acaricié el retrato familiar. Estaba asombrada por lo que mi abuela me estaba contando y por lo que mostraba ese grueso papel enmarcado en cartón que sostenía en mi mano.
– El otro retrato que le hicieron fue sentada rodeada de varias muñecas. No culpo a mis padres por hacerlas, les dio miedo olvidarse del rostro de mi hermana. Fue muy duro para mí ver esas fotografías todos los días. Cuando me casé no quise que hubiera ninguna imagen congelada y decidí comprarme una cámara. Me dio siempre miedo que alguno de vosotros muriera y no tener una fotografía que reflejara la VIDA.
– ¿Por qué no pusiste alguna de esas fotografía por la casa?
– Porque cualquiera de ellas me recordaría a Helen y la posibilidad de perderos a alguno de vosotros. – Me cogió la mano y me la acarició, fue la única vez que recuerdo un gesto cariñoso hacia mí. No pude contener las lágrimas y le di un beso.
Supongo que os preguntaréis qué pasó con todas las fotografías que había hecho mi abuela. Me hubiera gustado intentar que se expusieran, guardarlas o ponerlas por toda la casa. Supo disparar en el momento oportuno, algo ordinario lo convertía en único. No tuve esa oportunidad, cuando murió mi abuela, alguien decidió que todas esas cajas eran basura.

Nota:
En La época victoriana se hizo habitual que se fotografiara a los fallecidos.

Se pueden encontrar varias páginas webs que hablan sobre este hecho, una de ellas es: http:/http://www.kienyke.com/fotoshow/posando-despues-de-muertos//