Lo había decidido hacía varios días. Estando sentado en la sala de espera, intentando concentrarse en una de las revistas que estaban en la mesa o mirando su móvil, su mente hacía repaso de los hechos. Oyó su nombre, sintió la mirada de todos los que estaban esperando en la sala, lanzó la revista en el lugar donde se la había encontrado, se levantó rápidamente y en tres zancadas llegó a la puerta que le indicaba la secretaria. Respiró hondo y cerró la puerta tras de sí.

Al otro lado le esperaba una mujer de unos 50 años que le daba la bienvenida con una sonrisa que no parecía forzada, eso le tranquilizó pero se negó a bajar la guardia.

Túnel
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Se sentó frente a ella y esperó a que hablara. Nombre, edad, profesión, intereses, ¿hijos?, ¿hermanos?… fueron algunas de las incógnitas que ella quiso saber, para “empezar a tomar contacto, si le parece bien”. Se estaba relajando levemente, lo notaba, aunque en un microsegundo todos sus músculos se tensaron al escuchar “- ¿Cuál es el motivo por el que has venido?”- Cerró los ojos y escupió – “Soy un maltratador”. – Los ojos de la psicóloga dejaron de pestañear. Fueron unos segundos tensos. Cada uno miraba al otro con gesto serio. Emma, con tono tranquilo y seguro le preguntó qué le hacía pensar que lo era. Con voz ronca Íñigo contestó – Porque muchas veces deseo matar a mi mujer. Para Emma el simple hecho de tenerle enfrente era una señal muy positiva, había ido por su propia voluntad.

Se fueron viendo en más ocasiones, ella le iba preguntando, él iba contestando, algunas veces tenía que esperar unos segundos, prefería meditar la respuesta, a veces no hacía falta que ella preguntara.

Fue contando su historia, no con muchos detalles, los suficientes. Había conocido a Lara en la fiesta de un amigo. Fueron coincidiendo en sucesivos eventos hasta que empezaron a quedar solos. Decidieron ir a vivir juntos. Recordaba con ilusión la difícil búsqueda de un piso que cumpliera todos los riquisitos.

Hacía tiempo que no quedaba con sus amigos. Las últimas veces que lo había hecho, ella se lo había reprochado, le decía que sentía soledad las tardes sin él, así que las había cancelado. Se recordaba a sí mismo tumbado en el sofá, solo, haciendo zapping, entrando continuamente en Facebook, viendo alguna serie. Lara estaba trabajando y no quería ser molestada.

Aunque Lara parecía llevarse muy bien con los padres de Íñigo, cada vez que él decía de acercarse a comer con ellos, o quedar para dar un paseo, ella ponía mala cara, así que cada vez los veía menos.

Cuando él preparaba la cena, más de una vez, ella le había criticado su forma de cocinar, indicando que era comida bazofia, incomible.

Íñigo deseaba que los meses se alargaran. Los últimos días de cada mes ella le reprochaba el poco dinero que había en la cuenta, lo poco que ganaba. “Ni eso sabes hacer bien”.

Sexo, … bufffff, ¡hacía tanto tiempo que no se tocaban, ni se rozaban! Él había dejado de insistir al ver la cara de asco que ella le ponía. Fue después de tener al bebé. Él lo achacó a los puntos que le habían hecho, intentó acariciarla con cariño, más de lo habitual. La última vez que lo había intentado, su respuesta le dolió más que nunca. No hizo  falta ni una palabra. Ella lo rechazó bruscamente, sin importarle los sentimientos de su pareja, su mirada, además de fría, reflejaba el asco que sentía por él. Jamás se había ofrecido a masturbarle, él nunca se había atrevido a proponérselo.

Cuando salía del trabajo empezaba a temblar. ¿De qué humor estaría ella? Llevaba tiempo intentando no retrasarse nunca, eso podía suponer un gran enfado. No era extraño que Lara le llamara pocos minutos después de haber salido. ¡Ojo si estaba comunicando! Alguna vez, nada más llegar, otras veces después de cenar, ella le miraba el móvil tranquilamente, también el ordenador. Su hija repetía algunos comportamientos, y si le veía hablando con alguna mujer, no dudaba en decírselo a su madre para que le riñera.

Cuando estaba de buen humor era encantadora, como cuando la conoció. Él se sentía mal por no conseguir darle la vida feliz que había deseado. Intentaba satisfacerla, sentía que no lo iba a conseguir nunca, que no valía lo suficiente, o no se esforzaba lo que debía. Pero existían otros días en que deseaba matarla, por eso estaba ahí. No recordaba cuándo había empezado a desearlo, y lo que más pánico le daba era poder llegar a hacerlo.

La tarea de Emma no era fácil. Tenía que hacer que Íñigo se diera cuenta que el culpable de la situación no era él. Era difícil también hacerle ver a un hombre, que estaba siendo maltratado, que los deseos de hacer daño a Lara venían por la crueldad de ésta.

Sonó el teléfono en el despacho de Emma. -”Sí, que pasen”- Una pareja de policías uniformados entró. Le preguntaron por Íñigo. Querían saber. Se dio cuenta que no le sorprendía la noticia. Íñigo…

 

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Libro:
“Hombres víctimas y mujeres agresoras. La cara oculta de la violencia entre sexos”, de María de la Paz Toldos Romero. Editorial El Árbol del silencio