Facundo y Martina estaban esperando el resultado, los minutos que decían las instrucciones que había que esperar se les estaba haciendo eterno. Él Intentaba sacar conversaciones pero se acababan rápido. Sonó la alarma. Se miraron nerviosos y se incorporaron para poder ver si había dos palitos o uno. ¡¡¡¡¡DOS!!!!! Volvieron a mirarse, sonrieron. Martina cogió las instrucciones para asegurarse de la interpretación, no había dudas: dos palitos = embarazada. Un día que no olvidarían jamás.

El embarazo transcurría con normalidad: algo más de sueño, alguna manía o animadversión que antes no había tenido, como por ejemplo a las moscas y el pescado, ¡cuánto asco le daban!, pero todo iba muy bien. La primera ecografía fue emocionante, poder verle ahí, flotando. Escuchar el latido fue impresionante. Los ojos de Martina se inundaron de lágrimas, se sentía inmensamente feliz, llena de vida, llena de amor por el bebé que llevaba dentro. El instinto maternal que había dudado tener había florecido desde el primer momento, se sorprendía al ver que su principal misión ahora era proteger a su hijo.

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Tocaba la segunda ecografía, ya estaba de 20 semanas. Martina ya notaba los movimientos de su bebé desde hacía unos días, recientemente había podido apreciarlo Facundo, momentos mágicos. En esta ecografía quizá les podían decir el sexo del bebé, lo habían hablado y querían saberlo para poder llamarle ya por su nombre. Entraron a la consulta, se tumbó en la camilla como le había indicado la enfermera, se subió la blusa y se bajó un poco los pantalones. Entró el doctor, saludó cariñosamente, les hizo algunas preguntas y se sentó en una silla con ruedas que estaba a un lado de la camilla. Facundo se colocó en el otro extremo, acarició la mano de su esposa; se miraron tiernamente. El médico cogió el transductor, en el extremo puso gel y empezó a moverlo por el vientre. Sabían que esta ecografía suele durar más que la anterior. El médico iba dando datos para que la enfermera los anotara, se dirigió a ellos en alguna ocasión, para decirles lo que medía el fémur, enseñarles los bracitos… Les parecía que estaba tardando mucho, pero no dijeron nada. Llegó lo que ningún padre está preparado para escuchar, el bebé tenía una malformación, HDC, la pareja se miró fugazmente, volvieron a mirar al médico queriendo que no pausara su explicación. Hernia Diafragmática Congénita. Consistía en una perforación del diafragma. La enfermera limpió los restos de gel y Martina se incorporó. Escuchaban con atención las explicaciones que les iba dando: El diafragma, el  músculo que separa la parte abdominal y el tórax, tenía un orificio que había dejado pasar órganos del abdomen a la parte superior; uno de los efectos que estaba provocando ese hecho era que uno de los pulmones no se estaba desarrollando adecuadamente. Les indicó que podían interrumpir voluntariamente el embarazo, que estaba contemplado por la ley. No dudaron ni un momento, iban a seguir dando la vida por y a ese bebé.  Se olvidaron de preguntar por el sexo del bebé. No tenía ninguna importancia ese dato. Sólo tenían preguntas sobre la enfermedad que padecía el pequeño. Al llegar a casa los dos se pusieron a buscar información en internet. Iban encontrando datos como “afecta a 5 por cada 10.000 recién nacidos”, “la supervivencia actual no es mayor del 50%”. Fue una noche larga.

Pasaron las semanas con pruebas, búsqueda de resultados, lloros, esperanzas… La barriga iba aumentando, el temor también. ¿Estaba sufriendo ya el bebé? Sentían impotencia por no poder hacer nada por su hijo. En la semana 25  intervinieron para ponerle un baloncito cerca del pulmón para ayudar a no oprimirlo y que se desarrollara con cierta normalidad.

Planificaron que naciera el 7 de octubre, era la semana 37 de gestación. ¡Niña! ¡Qué preciosa niña! ¡Tan pequeñita y toda ella tan femenina!  Le quitaron en baloncito. A Mar tuvieron que llevarla a cuidados intensivos, pesaba solo 2 kilos 500 gramos y estaba muy grave. A los pocos días la situación empeoró, los médicos viendo que no se estabilizada decidieron operar el día  16, una operación muy complicada por la gravedad, el tamaño del paciente y la duración. La  niña iba mejorando, aunque muy poquito a poco, ¡qué luchadora! Mientras, Facundo buscaba información por todos los lados que se le ocurrían, solo localizaba casos de niños menores de 5 años. Encontró, vía Twitter, a una mujer que había escrito que ella nació con ese problema. Se animó, le escribió para preguntarle posibles secuelas que hubiera tenido o problemas que padeciera actualmente o en el pasado y le habló de su princesita. La contestación le dio muchas esperanzas: el primer mes y medio fue decisivo, le habían operado a los 5 días de nacer, su 2º cumpleaños, siempre lo había celebrado.

Semanas duras y algún momento con pocas esperanzas, pero no había sufrido ninguna complicación, el resto de los órganos no había sufrido ninguna alteración. Cuando los padres se habían podido llevar a la niña a casa el médico simplemente les indicó que intentaran que no llorara para evitar que hiciera esfuerzos. Al año le dieron el alta médica sin ninguna prescripción, a partir de ese momento había tenido una vida totalmente normal. De todo eso solo tenía una larga cicatriz que le recordaba el gran trabajo que habían hecho para salvarle la vida.

Martina y Facundo le pedían a Dios que les permitiera disfrutar de Mar. La niña empeoró. El día 22 de octubre, 15 días después del nacimiento, el médico les dijo que ya no había esperanzas.

Se habla del dolor que sienten los padres al ver morir a un hijo, es un dolor tan inmenso e intenso, tan profundo, tan difícil de describir, que es imposible imaginárselo. Les permitieron despedirse de la princesa. Tan chiquitina, tan indefensa, tan luchadora, tan bonita. Tenían el consuelo de saber que dejaba de sufrir, y agradecían haber podido disfrutar de ella, se sentían afortunados, sí, afortunados por haber tenido una hija como ella. ¡Gracias Mar por haber sido nuestra hija! fue una de las frases que repitieron.

Mar Romero, nació el 7 de octubre de 2013

Nuestra princesita se convirtió en ángel el 24 de octubre de 2013

Nota de la autora: Muchas veces se han quedado mirando la gran cicatriz que tengo, jamás he sentido complejo, al contrario, me recuerda que fui afortunada.

En mi pensamiento están esos niños que nacen aprendiendo a luchar, y escribo esto por si mi caso puede servir de esperanza para esos padres que sacan fuerzas enormes y un amor incondicional hacia esos pequeños gladiadores.