Pongamos que el nombre de la protagonista de la historia de hoy es Rosa Jiménez. Rosa llegó a Barcelona, junto a sus padres, abuela materna, dos de sus tíos y sus cinco hermanos cuando tenía 6 años, provenían de un pueblecito de Huelva. El hambre les hizo tomar la decisión de dejar su vida, sus amigos y su entorno en busca de alguna oportunidad.  Rosa estaba agotada, pero no podía dejar de mirar todo lo que la rodeaba, ¡era todo tan distinto a lo que había dejado atrás!

Cuando papá les había dicho que iban a dejar el pueblo, la casa quedó en silencio, algo que no solía ocurrir. En cuanto el padre salió, los mayores empezaron a hablar entre ellos y decidieron preguntar a la madre. La madre, una mujer menuda que el trabajo duro desde niña había convertido en una mujer con una gran fuerza física, en cuyo rostro era difícil encontrar alguna zona libre de surcos, y donde destacaban unos ojos oscuros, con una mirada profunda y reposada que se iluminaban cuando en su labios se dibujaba una sonrisa. Había pasado hambre, siempre había vivido con estrecheces, pero se sentía afortunada pues la muerte no la había rodeado, hecho que en su clase social era muy habitual: ningún hijo muerto, su padre había fallecido anciano, todos sus hermanos vivos, una privilegiada. Se había casado con apenas 18 años, y aunque la ilusión había ido desapareciendo con el tiempo, se tenían cariño y se respetaban. Su aspecto no hacía adivinar la ternura que era capaz de transmitir, tenía una gran capacidad para hacer sentir que la persona que estuviera cerca suyo y necesitada de apoyo, se sintiera abrazada y respaldada con solo mirarle. María fue quien empujó a Agustín a tomar la decisión de dejar el pueblo. Llevaba meses pensándolo. A la ciudad de Huelva había ido en contadas ocasiones y ya se había sentido extraña, ir a Barcelona era una decisión muy dura, pero había que hacerlo. Habían llegado noticias de que había oportunidades de trabajo, ya no era novedad que alguna familia dejara el pueblo. En un principio Agustín se opuso en rotundo, no le gustaban los cambios, era un hombre que se conformaba con todo, era uno de los rasgos que más hacía enojar a María, ¡ay, si fuera un hombre “echao p´alante”!

María estaba esperando que sus hijos se acercaran a preguntar, sabía que el padre les imponía demasiado respeto, su carácter seco no ayudaba al acercamiento. Les recibió con una enorme sonrisa, una buena forma para tranquilizarlos. Les habló de los edificios altos, los tranvías,  el gran puerto, las fábricas… todo lo que había oído de los que recibían noticias de sus familiares emigrantes. Rosa la escuchaba atenta e intentaba poner imágenes a todas las palabras de su madre.

Cuando salieron del pueblo María intentó en vano alejar de sus bonitos ojos las lágrimas que se amontonaban. Su pueblo, toda su vida; se despedía pensando que jamás volvería. Ya no podría ir al Cementerio, a la Iglesia donde la habían bautizado a ella y a todos sus hijos, donde se había casado, donde creía que se casarían los suyos, las calles donde habían paseado sus antepasados, ella misma, sus hijos. Dejaba una vida atrás. Empezaba una nueva.

Los primeros años fueron de duro trabajo y de adaptación. Les ayudó que todos los vecinos eran gente de fuera, había mucho extremeño, murciano y andaluz. Cuando Rosa llegaba a su casa después del colegio si su madre no le tenía una tarea asignada salía a la calle a jugar con sus amigos o se acercaba a una cafetería que había varias calles más arriba donde sonaba la radio. Rosa se entretenía para escuchar las canciones que salían de ese aparato. Intentaba memorizar la letra de aquellas que no se sabía.

Los años fueron pasando y la pasión que sentía Rosa por la música empezó a preocupar a su padre. No quería que se convirtiera en una mujer deseada por tanto hombre, y peor aún, que fuera ella quien los buscara. María en cambio, cuando Rosa cumplió los 15, y a escondidas de su marido, llevó a la hija a un concurso de la radio. Prefería ni pensar qué haría Agustín si se enteraba de lo que él consideraría traición y desobediencia.

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No ganó, pero eso la animó a buscar trabajo en varios locales del Paralelo, y llegó su oportunidad. Primero tímidamente, en el coro, pero a medida que fue aprendiendo técnicas (con parte del dinero que ganaba iba a clases de canto), cogiendo seguridad, tablas, y dándose cuenta de lo mucho que gustaba a los hombres, le contrataron esta vez para que interpretara ella sola varias canciones. En su primera actuación se emocionó cantando una de Carlos Castellano “Bajo mi cielo andaluz”, sus ojos se humedecieron cuando de su boca brotaban las palabras “Cielo andaluz, el de las cruces de mayo. El que llenó de alegres risas mi patio.”

Ya no volvió a su casa, su padre le negó la entrada. A su madre la veía de vez en cuando, pero a medida que fue creciendo su fama se fueron distanciando. Continuó en contacto con su hermano mayor al que le daba dinero para ayudar a la familia.

Rosa tenía una voz muy peculiar, fácilmente reconocible. Cuando se subía a un escenario interpretaba las canciones con tanto sentimiento que para los espectadores era fácil imaginarse lo que la letra decía y la música transmitía.

Conoció a muchos hombres y en cuanto fue consciente del poder que tenía sobre ellos, no tuvo reparos en sacar partido. Disfrutaba la vida, le gustaba sentirse deseada y que fueran capaces de tantas cosas por tenerla cerca. Se sentía poderosa.

Rosa contrató a Ángela, una chica unos diez años menor que ella, solitaria, tímida. Al principio sus tareas eran limitadas: tener la ropa de Rosa preparada, recordarle citas… Pero su eficacia y discreción hicieron que cada vez tuviera más responsabilidades llegando a convertirse en la sombra de la artista.

Ya llevaba cinco años con ella, Ángela le estaba muy agradecida, siempre le había tratado bien, jamás le había levantado la voz o humillado, la mujer dura que aparecía en público era una mujer afable que vivía el día a día con alegría. Rosa le contaba intimidades e inquietudes y aunque Ángela al principio se sintió incómoda, pronto aprendió a valorar esas confidencias aunque jamás se le ocurrió hacer lo mismo.

Una vez Ángela se acercó a Rosa más tímidamente que de costumbre, la onubense notó que algo iba mal y le ayudó a que fueran saliendo las palabras. Necesitaba dinero para sus padres, se lo devolvería poco a poco. – ¿Me los dejará? – Nena, i tant. No le permitió que se los devolviera. En esa época ya había llegado a su vida Carlos, un hombre atractivo que había encandilado a la artista. Por primera vez sentía un profundo amor. Cuando tenía que salir de casa, separarse de él le costaba, fue cancelando contratos, aunque él le intentaba convencer de que no lo hiciera. Carlos se trasladó a su casa. Dejaron de dar fiestas y Rosa empezó a alejarse, poco a poco del mundo del que tanto le había costado entrar, y el que le había fascinado.

Todo giraba en torno a él y ahora era él, un par de años después, quien tomaba todas las decisiones.

Un día Carlos desapareció, dejando a Rosa en una profunda tristeza. No le importó que se llevara todo el dinero, hubiera vendido las acciones que había comprado, y las joyas que le habían regalado, su tristeza venía porque no creía poder vivir sin él. ¡Él le había dado tanto! LA luz que había iluminado su vida se había apagado bruscamente, el hombre que la había amado como ningún otro, el hombre que la había hecho sentir importante, no como mero objeto, ese hombre la había abandonado. No se sentía capaz, ni quería intentarlo, de levantarse, de mirar al frente. No podía reconocer que para él había sido todo una farsa. ¡Qué tonta había sido! Pero lejos de querer olvidarlo quería volver a recordar todos los momentos que había pasado junto a su amado, él había sido el hombre más importante en su vida. Muchos habían acariciado su cuerpo, pero ninguno le había hecho estremecer como él, una sola caricia suya tenía el poder de inundarla de gozo. Era un hecho que Carlos siempre había estado atento con ella. ¿Por qué tenía que olvidarlo?

Ángela la empujó a que volviera a cantar y varios empresarios le dieron la oportunidad.   Interpretó “Yo soy esa” Un escalofrío recorrió la espalda de Ángela escuchándola, ¿la letra de la canción era un presagio de lo que le esperaba a su amiga? “Con lo que quieran llamarme  / Me tengo que conformar. / Soy la que no tiene nombre, / La que a nadie le interesa,” Rosa no supo o pudo cantar como tiempo atrás había hecho y los contratos no llegaron. El poco dinero del que disponía fue desapareciendo. Ángela ya no cobraba, pero no se separaba de ella. Vendió la casa y fue la propia asistente la que eligió un modesto piso en el Ensanche. Ángela encontró trabajo como secretaria en una empresa mediana. Con su sueldo vivían las dos.

La gente se fue olvidando de Rosa, había tenido su fama, pero no había llegado a ser de las artistas que perduran en la historia.

Los años pasaron, Ángela se jubiló y todas las mañanas se les veía pasear tranquilamente por el barrio, la mayoría de los vecinos desconocían la historia que había detrás. Una gran historia de amor entre dos mujeres que jamás se dieron la espalda.

Rosa Jiménez Sánchez. 

Tierras andaluzas le vieron nacer.

Barcelona la vio crecer y morir.

12 de enero de 2002